Mide tus palabras

Mide tus palabras, pues nunca sabes quien está detrás de las ojeras.

Nunca fui demasiado feliz, la época en la cual debería haber forjado mis amistades la pasé encerrado en un mundo personal. Un mundo que no puedo ver, ni tocar, ni oler. Tampoco puedo enseñarlo, pero ahí esta, conmigo, siempre. Creí haber salido de esa espiral de autodestrucción en la cual el caos estaba siempre presente y el autocompadecerme formaba parte de mi rutina. Mentiría si no dijera que esa etapa forjo toda la pureza que puedo imaginar, pero también dejo sus marcas, grabadas a fuego bien adentro, donde la luz no llega. Y, por vicisitudes del destino, también dejó sus marcas fuera.

Es curioso como no apreciamos la belleza del mundo hasta que nos devuelven a la realidad, ya sea con un comentario, con un gesto o con una mirada. El acto de comentar u opinar sobre un tema que desconoces o no comprendes puede acarrear consecuencias para quien menos te lo esperas, como así pasó. Un simple comentario sobre martirización me devolvió a la sensación de patetismo y mediocridad que creí dejar atrás hace ya tiempo. La opinión ignorante de alguien que no comprende que dentro de algunas personas se libra una guerra entre el bien y el mal desató emociones que creía muertas. Si bien mi yo del presente tiene recursos para afrontar estas situaciones, en parte a la experiencia, uno nunca está preparado para que alguien de su entorno le devuelva con tanta frialdad al mundo donde los espejos te hacen vomitar.

Lamentablemente la objetividad no es una característica frecuente en nuestra especie, suele ser reemplazada con el autoengaño de creer que la opinión propia tiene valor alguno. Toda opinión sin previa meditación, en manos de un insensato, puede originar auténticas masacres.

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